Perspective

El arte de tachar: Por qué la memoria necesita papel

Julian Maldonado29 de septiembre de 2026
El arte de tachar: Por qué la memoria necesita papel

Mis computadoras están prendidas exactamente la misma cantidad de horas que yo. Es lo primero que miro al despertar y lo último que apago antes de dormir. En el ecosistema digital en el que vivo y trabajo, no hay feriados, no hay vacaciones y no existe un fin de semana donde no entre a la bandeja de entrada de forma casi obligatoria. La pantalla es mi medio, pero el desgaste de la inmediatez es real. Por eso, desde hace años, mi refugio y mi sistema de procesamiento de ideas vive única y exclusivamente en el papel.

Hay algo en la libreta que el teclado jamás va a poder emular: el peso físico del error y la fricción del trazo. En un editor de texto o en un entorno de código, equivocarse no cuesta nada. El sistema te subraya el error en rojo, tocás backspace un par de veces y la equivocación desaparece sin dejar rastro. Es un entorno estéril. En el papel, el error deja un cadáver. Tachar una palabra furiosamente, enmarcar una idea con un círculo rápido o dejar una falta de ortografía a la vista no es un fracaso; es el registro físico de un proceso de pensamiento. Es perderle el miedo a equivocarse y aprender a convivir con la propia mancha.

Pero no cualquier cuaderno sirve para todo. Con los años, desarrollé mis propias mañas. Huyo de los renglones y las cuadrículas rígidas. Siempre prefiero las hojas lisas; me gusta militar la idea de que no hay que tenerle miedo al lienzo en blanco. Es un espacio sin límites ni órdenes específicos. Más de una vez me dijeron que era un psicópata por mi capacidad de escribir perfectamente derecho sobre una hoja sin renglones, pero esa precisión viene de un acostumbramiento posterior: el papel punteado. Los puntos te permiten armar cuadros perfectos o trazar líneas de fuga con exactitud, pero sin imponerte la dictadura visual de las rayas. Te dan una estructura que sabe desaparecer cuando necesitás caos.

Ese caos es necesario, porque el orden estricto es una ilusión que dejamos en el secundario. Cuando iba a la escuela, era un obsesivo: tenía las materias rígidamente apartadas, Física 1 por un lado, Matemática 1 por otro, todo dividido con separadores de colores. Pero el día que entré a la universidad, ese sistema implosionó. Empezar a volcar todo en un mismo cuaderno se sintió como ese momento en el que juntás en una cena a tus amigos de la infancia, a los de la facultad y a tu familia. Varias versiones de tu propia personalidad colisionan y se ven obligadas a convivir en el mismo espacio.

Hoy abro mis libretas y en una misma carilla conviven apuntes sobre programación, esquemas, notas de una clase del Bellas Artes, un boceto que se me ocurrió para pintar, un apunte que tomé en una sesión de terapia, y justo en el margen, la grilla de una partida de truco donde Nos le ganó a Ellos. Ya ni siquiera recuerdo quiénes éramos "Nosotros", pero la gracia de la espontaneidad es precisamente esa: atrapar el momento sin pedirle permiso a la estructura.

Es mas, este blog nació escarbando en ese archivo. Hace poco estaba buscando desesperadamente un apunte sobre un tema específico y me encontré con mis propias notas al margen. Entre los apuntes, encontré reflexiones que me parecieron potentes, nombres de artistas olvidados y recursos web que había anotado para usar de inspiración más adelante. Fue un ejercicio de arqueología personal. Es hermoso y extrañísimo leer esas hojas con fecha de hace dos años y entender que el que escribió eso era yo, aunque probablemente hoy ya no tenga nada que ver con él. El papel retiene a esa persona.

Hay algo profundamente magnético en el arte de la libreta ajena. Cuando ves a alguien dibujar en su sketchbook o armar su bullet journal, podés notar la conexión cruda de esa persona con el momento presente. Pienso en la entropía inabarcable de los cuadernos de Da Vinci, o de manera mucho más terrenal, en los diarios visuales del arquitecto Victor Lundy. Lundy documentó su paso por la Segunda Guerra Mundial dibujando. Ver sus trazos rápidos e increíbles en medio del infierno y la destrucción es fascinante. Nos demuestra que frente al caos de una guerra o frente al ruido ensordecedor de las notificaciones y las pantallas en nuestro día a día, el acto de sacar una libreta y ponerse a rayar no es solo un hábito estético. Es puro instinto de supervivencia.